Ilustración: María Luisa Hodgson

El sacerdote Isidoro Cantero (Casar de Cáceres, 1904 – Santa Cruz de Tenerife, 2004) celebraba el domingo 22 de agosto de 1993 sesenta años al frente de la parroquia de Nuestra Señora de las Nieves en Taganana. Una muy buena fotografía de Lucio Llamas lo retrataba ese mismo día en Diario de Avisos con sotana, birrete y la medalla de oro que había recibido del Ayuntamiento de la Capital tinerfeña. Dos años después el cura se jubilaba y recibía como reconocimiento una escultura de bronce obra de Eladio de la Cruz, levantada por suscripción popular entre las vecindades de Taborno, Afur, Casas de la Cumbre, Roque Negro y Taganana. El clérigo fallecía en 2004, pero el busto que le honra en la plaza Virgen de las Nieves parece que recobrase vida todos los meses de agosto con ocasión de las fiestas patronales que se celebran en este querido pueblo del macizo de Anaga. Sus labios metálicos brillan por momentos. Será la luz que se filtra entre las hojas de los laureles de indias, será que todavía resuena el gallo que anoche meneó Pepe Benavente.

La campana repica a las en punto y dos gatos a la sombra, acostumbrados a la frecuencia del tañer, siguen imperturbables a lo suyo. Después, solo se escucha el correr del agua por la atarjea y la memoria del tiempo que retiene pequeñas calles empedradas y supermarkets sin datáfono. A la venta: bubangos, papayas, aguacates y habichuelas, cuando hay.

Frente a la casa de Mama Milia, abrimos el grifo de la fuente La Pianola. Bebemos ajenos a que la cosa no está controlada sanitariamente. Tranquilidad. De la laurisilva no puede salir nada malo. Sigue la tarde y cae la noche sin cagalera.

Montañeta arriba alcanzamos donde el Bar Manolo pa la carne fiesta y el queso blanco. Pena. No hay pulso en la terraza con vistas a cañas invasoras y folelés flotantes sobre charcas verdes de batracios que nunca mueren. Caminamos en vano. «No hay quien quiera trabajar. Ahora manda la papita suave», dice el cristiano con más razón que un santo. Con la gazuza a cuestas acabamos en el restaurante Roque Las Ánimas. El «Very good canary food» invita con guasa al condumio. Además, hay lapas. Jose, el más pequeño de Emilia, sirve la mesa y alegra el día. Qué rico todo. Y el polo de hielo y la cuarta de vino blanco, también.

Dicen que el Roque de Las Ánimas (375 metros de altura) se ha llevado a mucha gente por delante: a guanches poetas tras la conquista, a temerarias almas recolectoras de orchilla y a corazones en pena. Qué necesidad encaramarse a sus escarpados riscos, fértiles para dragos silvestres, sabinas y algún que otro endemismo, como el cabezón, la siempreviva y el tomillo. La eternidad del basalto sostiene leyendas que alumbran con espanto la oscuridad. Impertérrita a congojas, apunta a valles escondidos y a senderos de gloria: Afur, Las Canteras, Tamadiste, El Bailadero y Casa Forestal. De la costa a la cumbre.

En la playa del Roque de las Bodegas el mundo chico de cada casa descansa del ruido. Te cuidas del sol y de las corrientes. Pese al parque móvil, que es demasiado, la orgía de la langosta no amenaza el respiro. La Reserva de la Biosfera, apartada de las grandes urbanizaciones de pieles rosadas, todavía es refugio y escape. Rompen las olas sin artificio.

La brisa suave mueve la armonía hacia el este. Benijo asoma cerrada al baño desde 2024 a causa de desprendimientos sobre el litoral. La paz pende de una rehabilitación que para la Dirección de Costas del Gobierno de España no es urgente. Por una vez, ni falta que hace.

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