Ilustración: María Luisa Hodgson

La contribución canaria a las vanguardias históricas desde los felices años veinte hasta el final de la Guerra Civil española fue referente en el panorama nacional e, incluso, se prolongará hasta la década de los cincuenta, también en el extranjero, gracias a la presencia de Óscar Domínguez. Literatura, arte y crítica convivían vitales y lustrosas. Las revistas La Rosa de los Vientos (1927-1928) y Gaceta de Arte (1932-1936) se erigieron, pese a sus cortas vidas, en páginas cardinales para los creadores que, también, encontraron en el vespertino La Tarde el refugio necesario para sus inquietudes culturales. De igual forma, en el Diario de Las Palmas y en otras planas, Manuel Padorno, que se levantaba todos los días con el salitre de Las Canteras, detuvo letras. Pero estas, revueltas sobre la arena caliente, volaron con su pluma a Madrid en el cincuenta y siete junto a Manolo Millares, Martín Chirino y demás artistas que escapaban. Bebían del Primer Manifiesto que habían firmado Juan Manuel Trujillo, Agustín Espinosa y Ernesto Pestana tres décadas antes. El escrito, publicado en La Prensa de Leoncio Rodríguez, levaba anclas: «Somos marineros de todos los mares. Obreros de la universalidad. Por siempre: universalismo sobre regionalismo. Hemos bostezado con hartura sobre las páginas labriegas de nuestra literatura».

Aunque siempre se vuelve a casa para no olvidar charcos y ramas, para que la mirada no se acostumbre al olvido de la atarjea y del drago milenario. Son los árboles de luz de Padorno que no se ven pero que están en el agua, en el fuego y en el cielo azul que no es igual en reinos ajenos. Incendios que no se apagan porque, siempre, se vuelve a casa. Son las raíces del viento de Chirino aferradas al Alisio que flirtea entre las vertientes escarpadas. Suelos de pino y laurisilva y sentimientos arraigados hasta que toca volcán. Son las bastas arpilleras de Millares, negras y tostadas, como las papas de la tierra fértil y frágil al envite que viene del océano. Cicatrices y reciedumbres que nacen para guardar la brasa. Astilleros de la infancia bajo la panza de burro que marcan ruta y generan espirales férreas y sensuales, curvas impávidas a ojos hostiles, tiernos y ardientes. Es el secreto de Lady Tenerife, la mujer de rojo para quien no pasa el tiempo. Setentera. Prende y arrebata. Arpía. Imposible no detenerse ante ella. Flamante sobre el pedestal de la plaza Alberto Sartoris (ventana al paisaje que custodian los arquitectos, guardia y amparo de las esculturas en la calle), sus vueltas, tuerces, retuerces y torsiones son estilosas, no como las tetudas y culonas que Moke o Cheïk Ledy expusieron en la magnífica muestra África Hoy que exhibió el Centro Atlántico de Arte Moderno entre septiembre y noviembre de 1991. Comisariada por André Magnin, Martín Chirino, que dirigía el CAAM (fue el máximo responsable desde su fundación en 1989 hasta 2002), la acogió en un diálogo tricontinental, en un entendimiento entre hermanos, vía de expansión sin fronteras y sin los excesos de las arrogancias e historias que cuentan los vencedores.

Lástima que los ideales de Chirino, como los de la joven sueca Greta Thunberg (#FridaysForFuture), se queden en gestos o golpes sobre la mesa. La inacción política ante el cambio climático o el abandono internacional al que sigue sometido el continente negro son males de despacho, de despachos de bandera habituados a las antípodas. Tuercebotas henchidos. Por eso, el genio de la forja, hastiado del lirio, se retiró del CAAM y, nómada, retomó los viajes después de darle un portazo a la Vegueta de Sáenz de Oíza y a la política de su doliente grancanaria. Pero nunca abandonó a su isla. Imposible cortar la cepa más honda. Amatoria que cuajó en un patronato y en un castillo que regala su obra escultórica junto a rompientes de silencios y vientos. Aires de La Isleta.

Chirino fundó El Paso junto a Antonio Saura, Rafael Canogar, Luis Feito, Pablo Serrano… Idealistas con los pies firmes que supieron echar el cierre cuando cumplieron con los postulados previstos. Rubricantes conscientes que ejecutaron propuestas de lenguaje contemporáneo con el objetivo de crear la realidad, no imitarla.

Todo empezó en la orilla, en la erosión constante. Y de ahí, las corrientes le llevaron al Mundo. Maletas de ida y vuelta, composiciones de herrero y herramientas poéticas y surrealistas. Eternas. Caricias desnudas y fértiles de rejas, arados y una vida intensa y útil.

El maestro falleció meseta adentro a los noventa y cuatro soles. Y lloró el hálito, el crisol y el mar. Y esbozaron una sonrisa.