Ilustración: María Luisa Hodgson

La mano de Dios todo lo puede. El monoteísmo no deja lugar a dudas, si bien hay que darle al mazo. Por el contrario, en el ateísmo, el budismo, el hinduismo y demás creencias, opciones, prácticas o pajas mentales la asistencia divina no tiene sentido y es el karma, o sea, las acciones y sus consecuencias, la que marca senda. Las personas que oran al Altísimo conviven con quienes se refugian en el zen o en el mindfulness en posición de loto y con el variopinto resto. La viña es diversa y de un tiempo a esta parte, demasiado política y correcta. La lista de ofensas crece exponencialmente, aunque la vara de medir varía según la víctima. Ahora la marabunta ha caído sobre Ana Oramas después de proclamar en la Comisión de Presupuestos de la Cámara Baja que trabaja como una negra y que tuvo un novio trotskista leninista. Con lo primero no me rasgo las vestiduras. Fue un desafortunado desliz ocasionado por la tensión del momento y no hay que darle más importancia. Seguro que las mujeres negras que en el Mundo hay no le quitarán el saludo, ni tampoco el futbolista Samuel Eto’o que aseveró en su día que correría como un negro para cobrar como un blanco. ¡Qué bien sienta reírse de uno mismo! Otra cosa es lo del colega trotskista leninista. Eso es menos digerible, sobre todo cuando se pertenece a uno de los linajes bien de La Laguna. Pero, además, la cosa no cuadra. No se puede ser trotskista y leninista al mismo tiempo. Pese a que las dos corrientes beben del marxismo, Trotsky siempre fue enemigo de Lenin. En fin, otro lapsus de la Oramas que, últimamente (y aquí coincido con el diputado de Unidas Podemos Txema Guijarro), siempre que interviene en el Congreso da la impresión de que el personaje se ha comido a la persona. Ya carga su persistente vehemencia. Debería bajar el tono e incorporar una retórica más sosegada, la cual, en absoluto, está reñida con la contundencia.

La mano de Dios también se dejará ver este fin de semana (para quienes así lo sientan) en el VII Congreso de Coalición Canaria. José Miguel Barragán dejará la secretaría general después de ocho años en el cargo y en el peor momento de la formación política. Fernando Clavijo le sustituirá (lidera la única plancha que se presenta) con el objetivo de relanzar, desde la renovación (un decir), los valores del nacionalismo canario ultraperiférico. La arribada masiva de migrantes a las Islas ante la apatía del Gobierno central ha fortalecido, de nuevo, el discurso patrio que sueña con la reunificación. Román Rodríguez, el deseado, por una simple razón aritmética, espera su momento para sentar posaderas en el tagoror. Y la unión llegará cuando la pandemia cese. El horno no está para sufrir más de la cuenta el desgate público. Así que, por el momento, mejor agazapado. La crisis sanitaria no hay que tomársela a la ligera. Los casos positivos y los fallecimientos por la Covid-19 continúan a la orden del día en el Archipiélago, en especial, en Tenerife. Solo hay que darse un salto por cualquier guachinche para percatarse de que no se guardan las medidas de prevención  de contagios. Mientras, la Guardia Civil, movilizada en Arguineguín y demás puntos calientes, no da abasto en sus obligaciones con el bien común, con la ciudadanía que, inquieta, ya diseña mil y una argucias para celebrar la Navidad como Dios manda. Menos mal que Casimiro Curbelo vela por el pueblo cristiano y novelero. Su propuesta de aumentar a diez el número de asistentes a las reuniones familiares ha generado esperanza y vocaciones, no solo en La Gomera. Ya lo decía el padre Peyton: la familia que reza unida… Lo vemos en el fútbol. El fallecimiento de Maradona ha aunado el lloro de la comunidad internacional, consciente de que el 22 de junio de 1986, en un Argentina-Inglaterra, Dios puso su mano. Y eso va a misa.