Ilustración: María Luisa Hodgson

Mi colega en la Universidad de La Laguna David Fuentefría tiene la capacidad de retuitear tuits brillantes, juiciosos, ingeniosos, alejados del daño, la frivolidad y la vanidad que se relame en el yo. Lo escribí una vez en un tuit y ahora lo repito en este artículo que hace la Decalcomanía número cien, la primera de 2022, año que empieza con las mismas miserias, necedades, complacencias, grandezas y esperanzas que cerraron 2021. En uno de los retuits del escuchante Fuentefría, que es tranquilo como el John Wayne de Innisfree, encuentro al neurólogo y escritor Oliver Sacks, enormemente vital hasta que un cáncer con metástasis en el hígado y cerebro apagó (sin traumas) su último suspiro a los 82. El autor de Despertares, éxito editorial protagonizado en el cine (Penny Marshall, 1990) por Robert De Niro y Robin Williams, nos dejó sus disfrutes y pensamientos en textos que he empezado a saborear, algunos, en el jardín de mi natero entre helechos, cóleos, fitonias y la columnea que cuelga de uno de los cuatro aguacateros que, altos, fornidos y frondosos, custodian nuestra casa tacorontera vividora de incontables aciertos y errores, risas y llantos. La existencia es eso. Los campos dorados de Sting son efímeros, caminos para un rato.

Días después del fin de 2021, de la lluvia de las Cuadrántidas y de los buenos deseos prosiguen las prepotencias y climas asfixiantes que ahogan la libertad de opinar, confesar o sugerir sin temor a recibir el azote de quienes se creen en posesión o retozan en el insulto, la mentira, el rencor (que fea palabra) y la descalificación. En 2022 nos caeremos de nuevo y se caerá implacable sobre el caído. Persiste la tendencia a ganar siempre, alborotar la última palabra, enrocarse, levantar el dedo… pese a las cacareadas cantinelas de tolerancia. El aliento que se va continuará este 2022 y no parece que haya ánimo de mejora. El Mundo no para ni un momento. El invariable ritmo de la percusión gotea impertérrito. Tiempos crispados, orgullosos, alarmistas y de mascarilla por decreto y sin rechistar, incluso en la soledad del páramo. Obedientes. Se brinda por la salud pasajera y se ningunea y maltrata al amor, sentimiento manoseado, reducido a la alcoba del usar y tirar.

Vivimos en la imperfección. Lo sabemos. Los renglones derechos inexisten. Sacks y Luca de Tena retrataron a los torcidos más frágiles. No obstante, no se perdona el traspié ni se asume de buen grado la corrección. Antes bien, se responde con violencia. El libro postrero del reconocido especialista inglés, Gratitud, aborda la aventura de vivir bien y morir bien. Y en consonancia con su propia experiencia aboga por despedirse de la vida con un gracias. Esa vida que da el sonido y el abecedario, que da tanto y distingue la dicha del quebranto, cantó Violeta Parra. Esa vida que, como la de Christian Andersen, podría ser un bello cuento rico y feliz. Pero no.

El filósofo Javier Gomá dice que nunca se siente llamado a componer contra, sino a favor. El teórico de la ejemplaridad es consciente de las debilidades, atenuantes y determinismos que influyen sobre el obrar. El humanista conoce, no comulga con la cultura de la culpa. Mantiene viva la esperanza, la fe de que hay ángeles dispuestos a ganarse sus alas. Lo vimos con Frank Capra en ¡Qué bello es vivir! (1946) cuando el celestial Clarence (Henry Travers) salva de la desesperación a George Bailey (James Stewart), un buen tipo atrapado en un callejón sin salida. En el fondo, Gomá, al igual que lo fue Sacks, es un idealista en medio de la instantaneidad imperante, mediocridad política y perturbaciones, como que el precio de la luz siga por las nubes o que las prepotentes jaurías doctrinarias habitantes de la pantalla (también periodistas) no se cansen de señalar, ensañar y aplaudirse.

Lo que hay.