Ilustración: María Luisa Hodgson

Pablo Casado jugó fuerte la partida y le salió mal. No midió las fuerzas de la rival y de la media España que está con ella. Pinchó en el hueso de Isabel Díaz Ayuso (y de Miguel Ángel Rodríguez). Se dejó llevar por el bravucón Teodoro García Egea, un inteligente ingeniero de telecomunicaciones con pocas luces. El joven Casado (el 1 de febrero cumplió 41 años) no era el más capaz entre sus tres hermanos y dos hermanas, por eso, seguramente, decidió dedicarse a la política. El que sabe, sabe. Y el que no, a Nuevas Generaciones. Ahí empezó su carrera pública y el derroche de palmadas en la espalda y las miserias de una noble actividad que estudió Platón y que, hoy más que nunca, se arrastra en el barro de la mediocridad. La buena oratoria no es suficiente. Encandila a los flashes de la vanidad y a la prensa ávida de titulares. Poco más. Fuegos de artificio. Qué tiempos aquellos de relumbrón en la Cámara Baja con José Carlos Mauricio. La diputada Ana Oramas tampoco es manca pese a la excesiva carga dramática que despliega ante sus señorías.

El todavía presidente del PP es un buen chico que voló alto y cayó rápido. Bastó que la Puerta del Sol reblandeciese la cera de sus frágiles alas. Agitó, entonces, en vano, los brazos. Pobre Ícaro. No fue lo suficiente hábil para mantenerse con vida. Y a rey muerto, rey puesto. Imposible resistirse a un pulpo á feira. Manuel Domínguez y Asier Antona ya se han apuntado al caldeiro y al pimentón. Tonto el último.

Mientras la fiesta del Chivo sigue escribiéndose en palacio con siglas de derecha, centro, izquierda y populismos variopintos, el vulgo no se despega de la mascarilla. Al contrario que el fugaz presidente popular el instinto de supervivencia arraiga firme en el morro de innumerables seres humanos demasiado apegados a la tierra, inmersos, además, en un estado acrítico de aborregamiento o paranoica aprensión. ¿Cómo explicar a estas alturas de la trama que un joven patine con mascarilla por una carretera secundaria? ¿Qué pasa por la mente de una señora que conduce sola y con mascarilla? ¿Qué teme el individuo que en una mañana temprana y despoblada luce calzado deportivo, pantalón ajustado, camiseta y mascarilla?¿Qué necesidad tiene de mascarilla un motorista con casco y cazadora de cuero? ¿Qué ronda por la cabeza de un universitario que, sentado en un banco desierto del campus, evoluciona con mascarilla y teléfono móvil? ¿Por qué la vecina, peripuesta, sale al balcón a tomar el aire con mascarilla? ¿Por qué la obcecación desaparece en la distancia corta del aperitivo y vuelve minutos después cuando toca levantarse de la silla? ¿En qué estado de obsesión o estulticia tiene que encontrarse una persona para vivir a una mascarilla pegada? Excesiva calma y prudencia. Incluso para el epidemiólogo Amós García Rojas.

Otra cosa es protegerse de la agresión del Ejército ruso (antes fueron otros), del sufrimiento y del espanto. Difícil negociar con el ladrido que mata. Me refugio en el instinto vital y lloro y grito y huyo y me arrugo en una esquina oscura mientras suenan los obuses y avanza la caballería mecanizada. Terror, muerte, frío. Se repite la historia en este tercer milenio prepotente y autosuficiente que se rasga las vestiduras en Ucrania pero olvida la barbarie de Boko Haram en Nigeria, Camerún, Chad, Níger y Mali. El Primer Mundo que opina, rompe y rasga. Y juega al Monopoly con trigo, paladio, cobre y gas. Multiplicidad de intereses. Maldito Putin y maldito el maldito dinero entre amenazas, sanciones y represalias. Cuentos chinos mientras no toques lo mío.

Verdugos y víctimas. Sálvese quien pueda.