Ilustración: María Luisa Hodgson

En estos días poselectorales hablamos del Gobierno y de unas cuantas muertes. No se entiende la vida sin el último suspiro y viceversa. No se entiende la vida en libertad sin democracia, aunque esta, ahora, requiera continuar sufriendo la matraca de los partidos políticos y sus milicias talibanas hasta las elecciones del 23 de julio. Puñetero Pedro Sánchez. Todavía de resaca electoral y ya ha empezado la guerra sucia: conmigo o la España reaccionaria contra mí. Nerón panza arriba.

En las Islas, por su parte, Coalición Canaria y PP ya se reparten el pescado con la complicidad de la Agrupación Herreña Independiente. El novato del Meridiano, Raúl Acosta, ha entrado en escena para cortar bacalao y coger cacho, no así Casimiro Curbelo, Vox y Nueva Canarias, si bien todo apunta a que al incombustible gomero le caerá alguna migaja. Se trata de tenerlo contento y garantizar tres votos más por si asoma tempestad. Juegos aritméticos que no riegan la flor marchita de Ángel Víctor Torres, víctima del Sanchismo. Al tiempo, esquelas para Ciudadanos y Unidas Sí Podemos, árboles caídos en bosques caducos guardados por vanidades pirómanas, en especial, entre la extrema izquierda, abonada, per saécula saeculórum, a la autodestrucción.

Caso aparte es Román Rodríguez. Los buenos resultados de Nueva Canarias contrastan con su caída. Cruda realidad. Al vapuleado galeno sin bata blanca solo le queda agarrarse a un escaño en la Villa y Corte antes de retirarse a meditar abrazado a los cuatro pinos de Tamadaba.

En el ínterin asistimos al renacer de Coalición Canaria. Al perenquén, augurábamos en enero de 2020, le ha crecido el rabo. De nuevo en primera línea tras la travesía del desierto, repican airosas las chácaras con las presidencias de Fernando Clavijo (Gobierno autonómico) y Rosa Dávila (Cabildo de Tenerife), y la alcaldía capitalina de José Manuel Bermúdez. Únicamente no recuperar la plaza fuerte de La Laguna ha evitado el póker nacionalista. No coló la carta del pichón Jonathan Domínguez. De todas formas, no le arrendamos las ganancias al socialista Luis Yeray Gutiérrez. Bailar con el drago del expodemita Alberto Rodríguez es peor que un grano en el culo, un afta en la boca, un orzuelo en el ojo.

Cómo gusta al articulismo analizar las cábalas de pactos y tejemanejes. Es el roce con el poder electo que engatusa, es teclear la calculadora, participar de movimientos sexys, colarse en las sábanas de tirios y troyanos, sentir la erótica en la plumilla. Vanas sensaciones alejadas, cada vez más, de lo que de verdad preocupa a la gente. Algo estamos haciendo mal.

En esta toma de conciencia toca refugiarnos en la lírica del recién fenecido Antonio Gala, «un anarquista comprensivo», decía, que se identificaba con lo ausencia de poder. O sea, un romántico encantador que priorizó acariciar la belleza: «Pienso que un náufrago ahogándose en el mar es más grande que el mar, porque el náufrago sabe que se muere y el mar no sabe que lo mata». En el fondo se trata de amar y darse cuenta, de cuidar la fragilidad amante, pasión que, por pequeña que sea, no cabe en la inmensidad. Lo demás es secundario. El amor mueve al Mundo y la poesía da sentido a esperar, aguantar, cantar… mientras soñamos, recita el poeta Carlos Javier Morales.

Junto a la incansable seducción del éxtasis incorruptible, ilusoria en la grosería, también velamos por el atractivo perecedero. Descanse en paz Lluís Llongueras, enaltecedor de la fascinante mundanidad femenina, imposible de resumir en el beso de un solo día. ¡Ay! ¿Qué tendrán los peinados y maquillajes de nuestros Juan Castañeda y Carlos Estrada? Sus manos, sus pensamientos, sus miradas y creaciones son esplendor y gloria.

Y lamento, claro, el adiós a Juan Galarza, amigo de mi padre. Una época que se va.

 

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