
Ilustración: María Luisa Hodgson
Luis Alemany tecleaba de un tirón con sus dos dedos índices. Apenas interactuaba. Iba a lo suyo con la cabeza gacha y las ideas claras. Que las palabras volasen en la pantalla era una ventaja. Hasta el otro día había usado hojas de papel insertas en la máquina de escribir. Sobre ellas creó sus mejores novelas y piezas teatrales. Luego… Qué más da luego. Todavía no existía Internet y las redes sociales no perjudicaban cerebros.
A principio de los noventa del siglo XX era costumbre leer el periódico. La columna diaria de Luis en Diario de Avisos asomaba a la diestra del Avispero que avivó un día Jorge Bethencourt, incansable colega que persiste en juntar letras todas las mañanas. Lleva en la sangre, como buen plumillas, cuestionar a diestra y siniestra, y contra eso, a Dios gracias, poco se puede hacer. De todas formas, Paco Pomares, otro que fuma en pipa y guataquea, me decía hace algunas lunas que tiene la impresión de que cada vez le lee menos gente. Y es verdad. Pero el problema no es de él ni de nadie que presente artículos con más o menos gracia, sino del cambio de hábitos. Leer cinco líneas seguidas es una entelequia en la sociedad del scroll.
En la Redacción del director Leopoldo Fernández opinaban, igualmente, el sindicalista Justo Fernández, el subdirector, Manuel Iglesias, o Gilberto Alemán al frente de El Granero, almacén de costumbres y tradiciones isleñas. Los tres han fallecido. Y no parece que el andar de la perrita traiga a estas tierras quemadas nuevas firmas solemnes que vistan de gloria la impertinencia, a veces, del negro sobre blanco, la vanidad de la firma atada al sacrificio de la actualidad. El tiempo atrapado, que dijo Juan Julio Fernández, también articulista en DA y también protagonista en el hoyo del obituario. Nadie (ley de vida) está libre de San Martín. Perogrullo.
Luis Alemany murió octogenario. Quién lo iba a decir. El Premio Canarias de Literatura en 2012 fue un bohemio, un ilustrado errante en la barra del Mencey. ¡Que le quiten lo bailao! Y tuvo suerte. Pasó desapercibido para la ignorante hueste pestilente acampada en la información basura.
Docente de Literatura Francesa y Española en las universidades de Ruan (Francia), Sevilla y La Laguna, coincidió en los pasillos del Edificio Central de la ULL con un joven Andrés Sánchez Robayna. ¡Oh! Las desgracias no vienen solas y cincuenta años después, antes de los idus de marzo, el poeta, ensayista y catedrático de Filología Hispánica sigue la estela de Alemany. Cuatro ojos ven mejor que dos y otear en las alturas lo que queda de las vanguardias históricas en estas alicaídas islas atlánticas (San Borondón incluida) da para más de un seminario.
Desde los días de las revistas La Rosa de los vientos (1927-1928) y Gaceta de Arte (1932-1936), y con posterioridad en las páginas culturales de Gaceta Semanal de las Artes (1954-1968) en el vespertino La Tarde (1927-1982), la poética surrealista, la rebeldía crítica desde la creación, se cuenta con los dedos de una mano. El proyecto vanguardista que tanto atrajo al intelectual Sánchez Robayna languidece en el recuerdo. En el territorio insular la universalidad repta a ras de suelo incapaz de levantar la mirada. El interés inmediato cercena el debate y el pensamiento. Las bellas artes inmodestas y prepotentes cacarean en el corral angustiadas por la subvención y el puritanismo del bla, bla, bla. ¿Dónde quedan los sueños de mar y naranjas?
Anoche corrí al bar y con un ron añejo brindé por los dos últimos muertos de la librería. Antes imaginé lágrimas por Pepe Abad. La cultura de una época se va. Nos quedamos en bragas.
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