Ilustración: María Luisa Hodgson

Una brillante trayectoria en la dirección territorial de La Caixa en Canarias avala el fichaje de Andrés Orozco para cualquier empresa que se acometa. Pero ya está liado con las vicepresidencias del Consejo Social de la Universidad de La Laguna y de la Asociación Española contra el Cáncer en Santa Cruz de Tenerife. Además, también es el tesorero y responsable de la Comisión de Economía y Desarrollo de la Económica de Amigos del País. Desconozco si estaría dispuesto a asumir más deberes. Es un buen fichaje, insisto, al igual que ciertas celebridades de ministerio captadas por Pedro Sánchez. Ya veremos el andar cuando cese el artificio, se cabreen los retales de Frankenstein y toque gobernar con 84 solitarios diputados. Mientras, el líder socialista, que es espabilado y resistente al desánimo, ha mostrado su lado más ladino. Por algo es el nuevo inquilino de La Moncloa.

Resuelto con los números, Orozco es, al mismo tiempo, un excelente moderador. Lo demostró esta semana en el encuentro que reunió en la Económica a los periodistas Leopoldo Fernández Cabeza de Vaca y José Antonio Pardellas. Afable y punzante, rompió el hielo al son de “No le digas a mi madre que soy periodista, ella piensa que soy pianista en un burdel». La autoría de esta proposición, presente en la película Primera plana de Billy Wilder, se le arroga a Tom Wolfe, fallecido hace unas semanas en Nueva York, y, ligeramente modificada, al publicista francés Jacques Séguéla. Tanto da. El caso es que la progenitora de quien esto escribe siempre fue consciente, con agrado, de que un buen día arrimase afectos a una redacción, aunque tampoco hubiera estado mal lo del teclado, no en un tugurio, sí en el café de Rick Blaine en Casablanca o en el Cotton Club neoyorquino junto a Ella Fitzgerald o Louis Armstrong. Suena bien. No obstante, ahora los ritmos de la profesión han cambiado. Apenas se alcanza la madrugada. En contadas ocasiones se comparten tragos al compás de la presurosa rotativa, la cual, cada vez más, resuena con menos tirada en el extrarradio. La noche ya no es del periodista. La bohemia se reserva en este XXI a nuevos creadores de ajetreada existencia. Eso sí, las tres “d” que se atribuyen al gremio (depresivos, divorciados y dipsómanos) siguen presentes. Bien es verdad que ya no son exclusivas, pues corretean, tarambanas, a lo largo y ancho del variopinto, atropellado y flácido asfalto analógico y digital.

Los colegas refrescaron comienzos y momentos que se retienen. El que fuera director del decano de la prensa canaria durante 31 años forjó sueños imberbes en el Norte de Castilla de Miguel Delibes y, con posterioridad, tras pasar por la Escuela de Periodismo de la Iglesia en Madrid, asentó querencias en Europa Press hasta que Pedro Modesto Campos, Pepe Fumero y Pepe Capón tocaron a su puerta en 1976. Por su parte, Pardellas inició andanzas a escondidas en Radio Juventud y, luego (toda una vida), en Radio Nacional de España y, finalmente, en Radio Isla. Los dos, a golpe de máquina de escribir y micrófono, vivieron el tardofranquismo y la nueva España democrática que se abrió, lozana, al desahogo y a los abusos de una clase política hinchada y petulante. El dinero público interesado campaba generoso en las empresas informativas y se gastaba, pingüe, en suculentos manjares servidos en restaurantes de postín, como en La Riviera, ya historia, y, después, por ejemplo, en Los Limoneros o El Coto de Antonio. En este último, Manuel Hermoso, Paulino Rivero y el difunto Adán Martín enterraron el hacha de guerra contra Leopoldo Fernández allá por 1993, después de un editorial que levantó ampollas entre los dirigentes nacionalistas. Esta anécdota la reveló el exdirector ante los numerosos asistentes al acto, entre otros, un cuarteto de selectos catedráticos: José Carlos Alberto, Juan Manuel García Ramos, José Gómez Soliño y Basilio Valladares.

Los testimonios de los premios Canarias de Comunicación mantuvieron el interés del respetable que se quedó con ganas. En especial cuando se afirmó que el periodista ha perdido credibilidad. La aseveración tiene su miga y bebe del barrizal de atemporales lodos y bailes impúdicos de poderes. La reputación de los profesionales de la información no es una cuestión que resuene ahora más que antes. Recordemos que el origen de la prensa amarilla o sensacionalista se remonta al enfrentamiento que, a finales del siglo XIX, protagonizaron en Estados Unidos los propietarios del New York World y del New York Journal, Joseph Pulitzer y Wiliam Randolph Hearst.

La buena fama del periodista se vincula a una coherente praxis, haya o no dinero, existan o no presiones, se cultiven o no valores en papel o grafeno. La fiabilidad es una carrera de fondo que se conquista con renuncias, sacrificios y contenidos verosímiles y de calidad que atraigan y fidelicen audiencias. El buen periodismo es necesario, existe y es creíble.