Ilustración: María Luisa Hodgson

Hubo un tiempo que me rapaba la cabeza al cero. Ahora no descarto exhibir barba pelirroja después de haber probado con el chocolate. Experimentar con el aspecto es como volver a la edad del pavo, es ser conejillo de indias, es ningunear los comentarios de quien bien te quiere, es jugar a estadista y mojar la cama, es querer ser alguien cuando, en el fondo, no somos nadie, es criar cuervos y lo que venga, es exaltar la ceremonia del vano espejo complaciente, es exponerte al vacile o a la descalificación amarga, es imitar lo auténtico y no es lo mismo, es reírte de lo que te queda en el convento, que nunca es demasiado. Además, el tinte en Mercadona está a buen precio, por lo que jugar con la presunción se ajusta a una veleidad asumible. El polvo que somos, en el fondo, no da para más. El problema surge cuando la fanfarronada trasciende a los cuatro pelos de uno y la gilipollez daña extramuros. Capisci?

El rasure craneal igual que vino se fue. La determinación estética se quedó en anécdota, todo lo contrario que las Variaciones Goldberg de Bach que son eternas. Es la creación sublime que siempre está pese a que cierres los ojos al final de la tarde. Y llegará el día y nos preguntaremos si mereció la pena. Seguro que sí. Lo sabemos porque la vate gomera Isabel Medina confirma el aserto. Y nos fiamos de la lírica aunque el amor sea imperfecto, que lo es a menudo. De eso entiende Elsa López, quien en sus últimos poemas de amor intenta conocer mejor al hombre que lleva a su lado cuarenta y cuatro años. Y se mete en su piel: “Me defiendo de la luz con las dos manos / y le digo que hable más alto. / Habla más alto que no sé de qué hablas. / Le digo. / Imagino que de amor por la forma de mirarme. / Por el leve movimiento de sus hombros. / Por la ligera inclinación de su cabeza. / Por el beso”.

Dice Juan Julio Fernández que los poetas buscan la verdad primera de las cosas. El arquitecto palmero no dispara sin ton. Su intensa trayectoria vital no se entendería sin el verso. Y sin la música, tampoco. Es la instruida mochila que porta el peso de la política desde una posición liberal tras afiliarse en 1977 al Partido Popular Canario junto a Bernardo Cabrera y Juan Pedro Dávila. Con posterioridad, en 1978, de la mano de José Miguel Galván Bello, se integrará en la UCD de Adolfo Suárez, lo que catapultará su carrera hasta el Congreso de los Diputados. Gracias al respaldo de Joaquín Garrigues Walker, su participación pública crecerá y se erigirá en protagonista de la Transición española junto al resto de señorías presentes en las Cortes Generales. Años de sacrificio, concesiones, de unir más que separar, alturas de miras que se guardan como ejemplo, si bien hay demócratas del Tercer Milenio empeñados en el deslustre del tablero contemporáneo.

Sentado en uno de los escaños de la Cámara Baja estaba JJF cuando el 23 de febrero de 1983 el teniente coronel Antonio Tejero irrumpió pistola en mano al frente de unos cuantos agentes de la Guardia Civil. La inestabilidad económica y gubernativa alentaron el torpe atropello militar, impulsando, una vez desactivado, la caída de Leopoldo Calvo Sotelo, el triunfo del PSOE de Felipe González y Alfonso Guerra y el desplome de la UCD (pasó de 167 a 12 diputados en los comicios de octubre de 1982). Fue la disculpa para dar un paso atrás y tomar conciencia de que la Carrera de San Jerónimo se había afrontado como intersticio y no como abrevadero perpetuo. Era el momento de afrontar en Tenerife tareas pendientes junto a su mujer Mercedes Lugo. Era el momento para retomar la incansable vida que atesoraba amores más que hastío, incansables primaveras, viajes y certeros artículos en el periódico aquel de Leopoldo Fernández. Era el momento, también (ya en 2005), de continuar con el activismo y decirle que sí a la lucha contra el cáncer, la terrible palabra (ya no tanto) que se refugia en el eufemismo de larga enfermedad. Los apoyos desinteresados, las gracias, los llantos, los días… se tornaron auroras. Tomas de decisiones y equipos eficaces a la luz de una asociación firme y profesional que aúna y empuja desde el voluntariado.

Este pasado viernes, en el marco de una afectiva cena benéfica en el Real Casino de Tenerife a la que asistieron cerca de cuatrocientas personas, Juan Julio Fernández entregó los Premios V de Vida y, en cierta manera, cedió los bártulos de la presidencia de la Junta Provincial de la aecc (se aprobará de forma oficial en el Consejo Nacional del próximo 5 de marzo) a Andrés Orozco, exdirector territorial de La Caixa en Canarias y vicepresidente, igualmente, del Consejo Social de la Universidad de La Laguna.

El viejo, sabio y espigado arquitecto tomó, una vez más, la palabra. Habló, como siempre, pausado y certero. Luego, no se le vio en la pista de baile. Se fue a la francesa, pero estaba cerca.