Ilustración: María Luisa Hodgson

El vacío místico de quienes buscan la verdad y no se queman en la penumbra mundanal no está reñido con la Virgen de Candelaria. A la Morena no la toquen. Y no es ñoñería. No tiene explicación. Ni falta que hace. El diario íntimo de cada cual es insondable. La voz de la conciencia (lo decía Rosseau) está por encima de la razón ilustrada. Además, la sangre guanche es amiga del ánimo, pinta pintaderas en paredes contemporáneas. Arriba las chácaras y tambores entre tabaibas, tajinastes y verodes. Agraciado malpaís de Güímar que recibió a Chaxiraxi, la Madre del Sol. Así la llamaban en los siete menceyatos de Tenerife, según apuntes de González de Mendoza en 1585. Gracias a su melena dorada, como se observa en la réplica a la talla original que se conserva en la iglesia de Santa Úrsula en Adeje, la relacionaron con el astro rey.

La imagen de madera, de un metro de altura, apareció entre 1390 y 1400 en las playas de Chimisay y su culto se extendió por toda la Isla. La crónica de fray Alonso de Espinosa (1594) ahonda en la devoción que se le profesó. Impasible a revolcones de matanzas y victorias no desvió la mirada al frente, portando un trozo de vela y a su hijo, Jesús, con una paloma en las manos. Agüita, agüita. La lluvia cayó y le dio color al suelo bueno, ajena a la domesticación y miserias que trajo Alonso Fernández de Lugo y su gente de madre y padre.

La que sustentaba cielo y lava cuidó amores y templó añepas hasta que un temporal la devolvió al mar en 1826. Infinitos sueños dibujados quedaron a la deriva en bajíos huérfanos de sal. Pero no hay mal que dure y el escultor Fernando Estévez restituyó a la venerada un año después con una obra neoclásica. La Virgen de Candelaria renacía como rabo de perenquén para continuar endulzando las almas de Cho María, Cho Marcial y Cho Manuel. La Patrona de Canarias, honrada así tras declaración del papa Clemente VIII en 1559, se ajustaba de nuevo la corona junto a espuma de burgados, gánigos, baifos, horcones, semáforos, piche y un Parlamento de Canarias que, por eso de la monserga del pleito, también mea en el pino de Teror.

Con estos arrullos y misterios, el pueblo guanche, seguro, hubiera asociado al majadero eclipse de sol de este pasado miércoles 12 de agosto a una intervención de Chaxiraxi. Igualmente, siguiendo los estudios de Antonio Tejera, hubiese presentado en Las Cañadas más de una ofrenda al Teide, montaña sagrada, como Tindaya y otras, que conectaba el basalto con el firmamento. Benditas Afortunadas con Echeyde a la cabeza.

Pese al interés patrio en dar a conocer la cultura aborigen asentada en Tenerife y en el resto del Archipiélago, el desconocimiento crece en medio de la sequía cultural que adormece o aliena asegún. Por eso, para paliar la seca, se agradece la labor que realiza el director general de Cultura y Patrimonio Cultural del Gobierno de Canarias, Miguel Ángel Clavijo. Su última actuación pone en valor la pervivencia del modo de vida guanche y el proceso de aculturación tras la conquista. Se trata de una excavación arqueológica en una cueva del Barranco de El Palmar, en Buenavista del Norte, que constata que la población indígena mantuvo sus actividades cotidianas, ganaderas, agrícolas y funerarias en esta zona de Daute.

El esfuerzo que abre baúles, airea archivos, desempolva ruinas y sacude desidias prospera, además, en el Barranco Agua de Dios, en Tegueste, con un proyecto que, en colaboración con el Cabildo insular, prevé abrir al público uno de los enclaves habitacionales y funerarios primitivos más importantes de Nivaria. Su apertura paulatina estaba prevista para 2019, así que bienvenido este nuevo remate al olvido.

Venturosa orilla de agosto.

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