Dos son los desnudos femeninos que cuelgan en casa. Uno es de Maribel Nazco y el otro, de Felipe Hodgson, quien, por cierto, expone estos días una muestra escultórica en el Centro de Arte La Recova de Santa Cruz. Me cuentan que en la presentación dio estopa a los fantoches que hierven sangres ajenas, a los tiesos que pavonean orgullo en lo público y esconden en la alcoba su propio retrato de Dorian Gray con arrugas y miserias. Felipe hace tiempo que se quita lo bailao. Maneja el grafito con hábil desenvoltura y no necesita firmar contratos de dibujante que rindan rendibú a nadie. A estas alturas solo corteja con los acordes que Michael Newman compuso al efecto. Y con los que le viene en gana. No necesita más.

Pues las señoras, decía, se muestran tal cual, al natural. Y próximas. Casi tocantes. Y no reparo en paridad alguna. Y ni falta que hace. No pienso completar la galería con el palmito explícito de un par de bravos ragazzos. Aunque me llamen machista y alguna prosélita se rasgue las vestiduras o denuncie conducta sexista en la república independiente de mi techo, las mozas destapadas seguirán solas, lozanas, en la pared. ¡Imposible envilecer a Maribel! Su discurso sensual, expresivo y gestual no necesita neurosis taxativas. El trazo surge desde la conciencia que se forma en los años sesenta del veinte en torno a Pedro González (Nuestro Arte). Y luego evoluciona y cambia y experimenta. Y la escultura y el metal se abren paso en nuevas propuestas. Y regresa y vuelve y no está quieta. Es el hervidero continuo de la menuda y alta artista palmera que sentó cátedra de Procedimientos y Técnicas Pictóricas en la Facultad de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna, aquella fábrica de ideas que se forjó y oxidó en el Camino del Hierro con olores a lúpulo y levadura, y ahora redondea figura en Guajara. Fue la activa gestión de un fructífero decanato que se acercó al Colegio de Arquitectos cuando este hablaba y se oía y desplegaba rectas, curvas y voces. Lecturas sociales y poéticas que de igual forma se recitan. ¡Cómo negarnos a Benedetti!: “Una mujer desnuda y en lo oscuro / genera una luz propia y nos enciende / el cielo raso se convierte en cielo / y es una gloria no ser inocente / una mujer querida o vislumbrada / desbarata por una vez la muerte”.

E inmersos en la primavera, nos dejamos llevar también por los brazos femíneos del Canon de Pachelbel, la Suite para violonchelo número 1 de Bach o el Nocturno de Chopin. O arrullamos los sentidos con la seducción de Shigeru Umebayashi (In the mood for love), Ennio Morricone (Once upon a time in the West) o Gheorghe Zamfir (The Lonely Shepherd). O estremecemos el alma con My Way (Frank Sinatra), Can’t help falling in love (Elvis) o Sacrifice (Elton John). Es el espacio de Rosario Álvarez, la catedrática de Historia de la Música que en la misma academia que su colega ha sembrado vidas de claves y emociones. Estados aéreos que recibimos de entendimientos instruidos, a veces en teclas de clavicordio que nos empujan a Mozart y al inexorable final del Confutatis y Lacrimosa: el réquiem al que estamos avocados. Alfa y omega. Y cerramos los ojos y lloramos. Qué corto y basto es el camino y qué insondable la quintaesencia. Who wants to live forever.

Maribel y Rosario recibieron este jueves 22 de marzo el reconocimiento de la capital tinerfeña. El salón de plenos del Ayuntamiento distinguió sus trayectorias. Y la de la bailarina Rosalina Ripoll, de quien no tengo el gusto, pero sí el godeo por la danza, que se gloría con Tchaikovsky en El lago de los cisnes. La dominicana dirige junto a Miguel Navarro el Centro Internacional de Danza Tenerife, aliento que iniciaron en 1972 y que, en la actualidad, ostenta la excelencia de ser el único conservatorio de danza autorizado en Canarias para obtener la titulación oficial.

Maribel, Rosario y Rosalina asientan la luz necesaria para días quebrados y amantes hondos.