Ilustración: María Luisa Hodgson

Enseñando curvas más de la cuenta. Desenvuelta. Y el carmín desbaratado como desbaratado el rasgue de las cuerdas de una guitarra. Erótica. Y altiva y distinguida. Como si con ella no fuera el baile. ¡Ja! Tenía que ser así. Fue la primera y a las primeras se les pide rompe y rasga. Con ella, en 1972, empezó todo. Las miradas frescas que recibió a mansalva animaron a que la Comisión de Cultura de la Demarcación de Tenerife, La Gomera y El Hierro del Colegio Oficial de Arquitectos de Canarias organizase la primera Exposición Internacional de Escultura en la Calle desde diciembre de 1973 a enero de 1974. No sé si tú habías nacido. No sé si te importa. Sí sé que Lady Tenerife plantó palmito en zócalo para quedarse para siempre en Santa Cruz, en la plaza Alberto Sartoris, la del Colegio de Arquitectos, para que te pares ante su porte y le sueltes y la mires y te complazcas en su fatal e inasible hermosura. La escultura de Martín Chirino arrebató y amamantó luego a más de cincuenta piezas que, hoy en día, conforman un acostumbrado museo de arte contemporáneo al aire libre. Y en él, Joan Miró también se rinde ante una mujer, botella en este caso (Femme Bouteille). Cilíndrica. Tango eterno. Bolero inalcanzable para llorar solo (maldita) entre las callejuelas tortuosas y meadas del Homenaje a las Islas Canarias de Pablo Serrano o en los efímeros macarrones del Penetrable de Jesús Soto, devorados y deconstruidos. Parque García Sanabria para perderse y en donde de un árbol cuelgan o colgaban sacos de hormigón de José Guinovart, fragua distante de la mirada del gato de Óscar Domínguez, aunque sea copia. Siete vidas.

Y en la Rambla que fue del generalísimo y es de los laureles cuelgan los ejecutados rojos de Corberó junto a los ejecutores negros de Corberó, metros más allá del Guerrero de Goslar de Henry Moore. Vigilante impasible. Mientras, al otro lado, en la plaza de la República Dominicana, el móvil de Sobrino canta goles. Pero me quedo, al final de la Rambla, entre el follaje, no con la negra flor de Radio Futura, sino con las islas de Jaume Plensa, 73 cajas de aluminio, metacrilato y neón con los nombres propios del arte del siglo XX, herencia de la segunda Exposición Internacional que se organizó en 1994 con ocasión de la celebración de los quinientos años de la fundación de la capital tinerfeña, amantísima con el resto de municipios. En Garachico, en su muelle, La puerta sin puerta (1999) de Kan Yasuda se abre en mármol al Atlántico.

El arquitecto Vicente Saavedra falleció el 21 de abril a los 84 años. Casi cincuenta años antes fue el partícipe, en sintonía con el entonces presidente del Colegio de Arquitectos, Rubens Henríquez, y demás rebeldes culturales, de un capítulo más de la inquietud estética y vanguardista inherente al empuje surrealista que lideró Eduardo Westerdahl. También fundó, al albor de la Exposición de Esculturas en la Calle, la Asociación Canaria de Amigos del Arte Contemporáneo, cuyo fondo está depositado en el TEA con telas de María Belén Morales, Maud Boneau, Rafael Canogar, Manuel Padorno, Eusebio Sempere o Gustavo Torner.

El legado de Saavedra requiere que el Ayuntamiento tome conciencia de la riqueza escultórica que atesora en su espacio urbano y le rinda el homenaje pertinente. Uno de sus últimos empeños fue traer a Santa Cruz una escultura de Vicente Larrea. Por eso, tras su falta, solo queda rematar la faena y sumar a la colección esta obra del escultor bilbaíno.

El farmacéutico y coleccionista de arte Joaquín Feria está detrás de la iniciativa. Y no está solo. Ahora, la tarea debe liderarla la concejala de Cultura, Gladis de León, con el respaldo lógico (lo tiene) del alcalde, José Manuel Bermúdez, y del Colegio de Arquitectos con Argeo Semán a la cabeza.

Vicente Saavedra, que tanto hizo, merece su escultura.