Ilustración: María Luisa Hodgson

Tiempo de murgas para la crítica después de la cacería. No creo en campañas cáusticas en donde la racionalidad se contamina con parcialidades ideológicas, con medias verdades, con púlpitos ataviados de auctoritas (ja) que encienden a una plebe dogmática crecida en el revuelo de las redes sociales. Wasaps y tuits corren como la pólvora. Guerrilla digital. El caso es que el gabacho manda a la capital tinerfeña y provinciana a tomar viento después de que lancen adoquines contra la instauración de una sede del Museo Rodin en el Parque Cultural Viera y Clavijo, de próxima rehabilitación. No es la primera vez que el gallo se espanta. El prestigioso arquitecto Dominique Perrault topó en su día con Las Teresitas, playa que no levanta cabeza, playa pueblerina que quemó la especulación. Tormenta que se llevó por delante la orilla dorada de Santa Cruz. Y ahí sigue, llorona, llorona. 

Ahora, a su manera, la historia se repite. La France reniega de Añazo. Nada que demostrarle a nadie. Los Campos Elíseos no perderán el tiempo con el pataleo de la isla canaria más cainita. Empeñada en fustigarse, en tirar piedras contra su tejado, moja sus penas con lágrimas huecas, gotas de lluvia incapaces de consolar a mortecinos laureles de indias añorantes de aquella intelectualidad liberal y nada sospechosa que abrió Nivaria a las vanguardias sin complejos ni boinas de conejo en salmorejo. Westerdahl, Pérez Minik y demás valedores de la modernidad veintena insuflaron rosas y aires ajenos a mayúsculas y pedancias en atril, hierbabuena para que, en 1973 y 1994, Vicente Saavedra, Carlos Schwartz y otras miradas luminosas del Colegio de Arquitectos plantasen en ínsula esculturas y escultores del Mundo para enriquecer la sangre del drago. Tanto remar para que, en 2023, Andreu Alfaro, Federico Assler, Hanneke Beaumont, Martín Chirino, Xavier Corberó, Joan Miró, Igor Mitoraj, Henry Moore, Jaume Plensa, Gustavo Torner, Claude Viseux, Kan Yasuda… no quepan en el birrete de colegas de la Universidad de La Laguna. Representantes de la Enseñanza Superior, depositaria de una sociedad global, apuestan, en cambio, por la cultura que se produce en y desde Tenerife. No seré yo quien, pero este argumento no justifica echar a Rodin por el retrete. La Academia atlántica rubrica sin pudor el revés del Mundo. Pito de carnaval. A la marcha Bambones. La calle afín y obediente a la consigna del molotov da bola a la pulga del tanganillo, a la endogamia.

En la operación contra el Museo Rodin se estira, de igual forma, el chicle de las réplicas, de las copias. Se arremete contra la obra numerada, contra la democratización del arte, olvidando, por cierto, que El Guerrero de Goslar, la Mujer Botella y el Monumento al Gato son copias. Culturetas en la soberbia, en la inopia sectaria, en la polarización que pasa por alto que el acuerdo con el Museo francés llevaba consigo la organización de muestras monográficas y actividades de valor internacional. Amor al arte de una institución pública que asume que, en ocasiones, la cultura no es rentable. Porca miseria!

No hay vértigo cuando el reto civiliza en una museística contemporánea en absoluto estática. La marca Rodin hubiera generado, sin duda, ingentes sinergias con el universo cultural que no entiende de ombligos. ¿Quién coño, con perdón, es Pepe Abad? Y no me vengan con el dinero, con el maldito dinero. Turba que dieciséis millones de euros, cuatro sueldos anuales de cuatro futbolistas de la Primera División española, enerven razones. Raquitismo de medio peso para lo que hubiese generado la yegua, la loba, la burra y la chancha. Málaga, Bilbao… marcan senda cosmopolita. Horizontes que no se detienen en miopías de villarriba y villabajo. Y ojo avizor con el espabilado canarión.

Chicharro frito para una cofradía de chochos y moscas encantada con su hule. Bajío de pejes chicos en agua estancada de himnos y banderas que no oxigena la marea. Trastorno obsesivo compulsivo. TOC.

En este tira y no afloja Santa Cruz sufre y pierde. Absurda cerrazón.

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