Ilustración: María Luisa Hodgson

El verano de Vivaldi es sosiego y alborozo. Es caer rendido a los silencios, al adagio y a los allegros. Es dejarse ir sin necesidad de alucinógenos. Solo echo en falta olores. No recuerdo a qué huele tu perfume ni la hierba luisa de mi jardín. Solo alcanzo a mirarla, a acicalarla y a despojarla de hojas sexis. Las justas y necesarias. No quiero ruborizarla, destaparla. Todavía refresca. Consuela su infusión. Es magia para conciliar el sueño y despertar al alba con ánimo y encanto, con energía para afrontar el mal tiempo. Buen humor, amor y belleza. Y dosis de locura. Imposible entenderlo todo. Si la palabra magia llevase tilde. Si pudiese tocar el olor, sumergirme en copas de vino.

El viejo ciruelo ya tiene ciruelas. Son rojas, sabrosas y pequeñas. Cuelgan de arrugas, prestancia y sabiduría. El ciruelo no se altera, no se estresa, no se angustia, no enferma… Es la hierba luisa que lo cuida y acompaña en la riqueza de las flores y en la desnudez. También ofrenda ciruelas amarillas. Es un árbol rojigualdo que rinde honores temprano y cuadra ramas al ocaso con el toque de corneta.

Calor y neblina veraniega en torno a Los Rodeos. Paisajes de Turner y Luis Kerch. La bruma estival del Alisio rocía las hortensias mientras cardones y tabaibas se tuestan en el Sur. Días de invierno en verano. La vida es meteorológica, drogadicta en un paraíso abandonado al sinsentido y extasiado con el vuelo del colibrí. Desconcertante granizada. Grotesco submarino mediático y terror acostumbrado en la ruta migratoria. Hastío.

Los aguacateros están cargados. La cosecha promete sabores y ganancia. En el ínterin caen hojas secas y aguacatitos, esperanzas rotas. Picoteo para mirlos, jolgorio entre tórtolas y el petirrojo, chapoteo en la fuente sin pescaditos, rumor de caracolas en la medianía. Atónitas las chuchangas, ciempiés, cochinitas e infinitos invertebrados crecidos en el mantillo. Mejor este nutriente que residuos de fast food y demás basura tirada en cualquier parterre de Insectopía.

Víspera de San Juan. Excita quemar rastrojos y danzar alrededor de la hoguera. La media Luna anaranjada y ahumada cierra los ojos llorosos. De la Tierra huyen los espíritus y los malos presagios ponen pies en polvorosa. La bienvenida a la canícula es pagana, cristiana y Dios sabe qué. Tercer Milenio existencialista, rápido y callejero. Frívolo en verano. Bebida fría y barraquito, laurisilva y playa de Benijo. No olvido aquel chelo frente a los Roques de Anaga. Juan Sebastián Bach. En Taganana me perdería contigo. Hoy lloro como Rodrigo de Mendoza tras cumplir la penitencia. Misericordia. Y dos tintos.

Resurrección. Los jueves en la terraza del Sook, en el Silken Atlántida, marcan la salida a mojitos y vermuts. Mesas altas glamurosas con Esther Gómez que es un ánfora. La metáfora engalana el tardeo y la noche. Lírica en el estío. Sin poética no hay sustancia que sustente besos amantes, escrituras perennes, caminos tortuosos. ¿Qué haríamos sin ti? ¿Adónde iríamos sin ti? Déjame que te cuente, morena mía: vivir en la cuerda es un milagro si no eres funambulista. Más fácil amar en marea baja sin equilibrios ni tensión. La arena propicia jugar a las raquetas. O sea, al zuribol.

Que no nos quiten lo bailao. No vengan con edadismos. El mejor momento, ahora. Aún hay brillo en los calderos sin necesidad de frotar demasiado. El paraíso, pese a los eclipses, siempre ha estado a la vuelta de la esquina. El Charco ya lo cruzamos. Bailemos, tripulemos barcos. Otro verano es posible.

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