María Luisa Hodgson (autorretrato).

Lloramos de madrugada en el hospital. Aflicción que perturba y resuena cuando la obra maestra de Mozart acompaña: “Requiem aeternam dona eis, Domine / et lux perpetua luceat eis”. El llanto aquel por el pequeño ahijado que expiró es imborrable y tremendo (“Lacrimosa dies ille”). La angustia, a veces, puede y desarma. Frágil. La desesperanza tumba. Implacable leucemia. No obstante, el coro y la orquesta reconforta la pena. Es como una tregua trascendente de la que no quisieras salir porque fuera hace frío y las olas embisten. Es el escenario de las malas babas, de tiras y aflojas, de sinrazones, de prepotencias y soberbias de sapiens sapiens. Las mismas miserias de septiembre y, luego, de octubre, noviembre y diciembre. Vuelta a empezar. Grandes hermanos, operaciones triunfo, chefs y políticos que hastían con tanta bechamel. Basura mediática y cansina. Más. Y más. Periodistas ideologizados que maltratan a la querida profesión, bocazas, prepotentes ignorantes que tuitean gilipolleces o pavonean gilipolleces en el muro del denostado Zuckerberg azote del pezón. Mareas idénticas que traen botellas con mensajes que no interesan porque hace tiempo que el amor dejó de embrujar. Y cuando lo hace es de mentira. Es un folletín de usar y tirar. Confutatis. Menos mal que la ejemplaridad no niega la posibilidad de equivocarse, dixit Javier Gomá.

En ocasiones quisiéramos volver a la habitación hospitalaria del adiós o a brazos auténticos y misericordiosos y desertar de la cruda realidad. O, más de veinticinco años después, al Requiem del Guimerá con Víctor Pablo Pérez y la Sinfónica que movió corazones, hoy descuidados, heridos y, sin embargo, imbatibles (“exaudi orationem meam”). Aguantas y coges el tren que no es el último. Siempre hay alguna estación que da la hora. Tendremos que cerrar los ojos en el Fimucité de Diego Navarro. La verdad está ahí fuera, en encuentros de tercera fase. Y en la sala de exposiciones del parque García Sanabria de la capital tinerfeña con unos peluches que impulsa María Luisa Hodgson, profesora de Bellas Artes de la Universidad de La Laguna que se resiste al autorretrato en su Insulario. Pero este procede cuando el arte y la vida se dan la mano para crear los espacios del Centro de Día de Oncología Pediátrica de La Candelaria. La iniciativa se presenta como acción solidaria y comprometida de artistas a la que se suman escritores. La muestra, que inaugura el rector Martinón (black) y el decano Ruiz Rallo (white), la integran obras queridas, surcadas con muy diversas técnicas y procesos de creación: dibujos, foto collages, acuarelas, pasteles, acrílicos, grabados, lápices de color, tintas, rotulador, grafitos, grabados, esculturas, instalaciones… Y un libro-catálogo maravilloso con las rúbricas de Hugo Pitti (un Bosco contemporáneo que destapó Vicky Pérez), Carlos Miranda, Víctor Jaubert, Magali Celene Silva, Jaime Vera, María Zurita (la mía y la suya)… E ilustradores de prestigio y reconocimiento internacional: Ana Juan y Pablo Amargo. Y narradores como Ernesto Rodríguez Abad, que este año invitará al viento al Festival Internacional del Cuento de Los Silos. Veintitrés ediciones ya. Abro comillas: «Auténticas musas volanderas que llegan por el aire». Y las cierro.

Creadores sensibles que emocionan a Noemí Morales y Juan Manuel Hernández, anónimos enredadores que empujan pasiones y lían mantas en batas blancas de Pediatría (al jefe, Jorge Gómez, también), incapaces de mirar hacia otro lado en situaciones que remueven. Pasos al frente de gente corriente. Un homenaje, en el fondo, que Hodgson tributa al Orejón y a Félix, víctimas del cáncer que no concibe miramientos y concita, al tiempo, colaboraciones con Pequeño Valiente o Helping Hands in Tenerife, asociaciones que cambian las caras de los niños. Imborrables. Próximas, de igual forma, a la enseñanza superior que no le da la espalda a la sociedad. Afanes del vicerrector Fran García que impulsa la aspiración con la puesta en marcha de la plataforma de micromecenazgo Multiplica. Las aportaciones reúnen, finalmente, seis mil enormes euros.

Letizia Zamora ilustra el mágico cartel de Peluches. Un tierno piloto de Hurricane con calcetines y pijama a rayas (igual a los de Shmuel y Bruno) se contornea en el aire entre las inmensas orejeras canelas del gorro vintage. El aeronauta gobierna un paracaídas abotonado y multicolor mientras cae, mi niño, en el entorno de un firmamento de astros y estrellas. Y con él, el oso de felpa y el conejo y el gato que parece un mapache. Imposible no sumarse a la tripulación que se viste con creyones. Lo imposible no existe en afectos de alegría y ternuras. Apretones a pelones de quimioterapia.

El proyecto, hermoso, necesita, todavía, cincuenta y siete mil euros. Y lo veremos expuesto hasta el 21 de octubre en un jardín ilustrado de historias que ganan a la debilidad. Días de lágrimas. Resplandecientes.